Sobre el país que abraza los Andes
Tras pasar tres meses completos en el Perú, a finales del año pasado, no por ello, pero sí en mitad de una crisis política, dejamos el país.
El país de la costa, la sierra y la selva. Tres biomas y tres realidades sociales, las tres con infinitas subrealidades propias. El país incaico se nos ha mostrado tal y como es, sin dejar secreto sin revelar.
Desde las milenarias civilizaciones desenterradas de la arena, hasta los verdes acantilados de Miraflores; pasando por la frondosa Yunga; la joya de la corona del imperio inca, Machu Picchu; las culturas andinas, quechua y aymara, aún poderosas y orgullosas ocupando sus territorios serranos ancestrales; y como no, la ciudad imperial del Cusco. La lucha campesina y las revoluciones de la sierra. Las playas del norte y el lago Titikaka al sur. Los Apus de la sierra central y los nevados de la Cordillera Blanca.

Un pueblo entrelazado por la mística tradición andina de adoración a la Pachamama y el empuje incontrolable de la idealización de una sociedad de consumo y globalizada. Un pueblo andino enraizado a sus montañas, un pueblo selvático olvidado oculto tras ellas y un pueblo costero dando la espalda a las mismas, con la mirada en el mar. La Lima que mira hacia Occidente choca, como lleva chocando siglos, con la vida andina. Una cultura andina que procesa otras cosmovisiones e identidades propias que no terminan de encajar con las demandas que la globalización, impone a todos los pueblos.
En el Perú, país con una política históricamente convulsa, parece que estos días, no se entienden los que miran a Europa al borde del Pacífico y quienes miran la tierra entre las uñas de sus trabajadas manos, parece que no hablan el mismo idioma.
Y es que, no existe un Perú pero, si existe el Perú, aquél capaz de abarca todo lo anterior. Un Perú que enamora y que merece ser vivido.
Upurkushun Perú!

