
Reflexiones de estación de autobuses
Mil maneras de viajar y ninguna verdad absoluta
Tras tres días acampando en los esteros del Iberá, llenos de picaduras de mosquitos, teniendo que recoger la tienda y volver a hacer las mochilas, nos levantamos a las tres de la madrugada para coger el único transporte colectivo hasta Mercedes; tras pasar todo el día en Mercedes esperando el único transporte disponible hacia la frontera; y tras recorrer 389 km en bus, por fin llegamos, ya de noche, a la estación de buses de Concordia.
Al llegar, todavía con el alojamiento sin reservar, nos sentamos en la zona de espera, aunque ya no esperábamos un bus, sino encontrar donde dormir. Tener la conexión a internet de la estación siempre va mejor que la desquiciante mala conexión contratada con Movistar durante nuestro paso por la Argentina.
Nos sentamos al fondo de esa sala totalmente acristalada y luminosa, protegidos de la noche y de la desconocida ciudad. Abstraídos en nuestra búsqueda de la opción más económica y cercana, solo levantábamos la mirada para ver, entre las cabezas de los viajeros que parcialmente llenaban sala, a una persona que estaba haciendo un espectáculo. Este era un hombre con apariencia de viajero, desaliñado, más que nosotros, seguramente no habría dormido bajo techo mucho en todo su viaje. Notablemente afectado por el consumo de alguna sustancia, quizás algo más que el exceso de alcohol estaba contando chistes al incomodado público y, más que pidiendo, exigiendo dinero a cambio. No nos paramos a hacerle más caso del que el alboroto que generaba obligaba a hacer. Finalmente se acercó a nosotros, y aunque tuve que disimular la risa provocada por el chiste que ya no recuerdo, se dio esa conversación incomoda en la que no quieres hablar con alguien, pero tienes que mantener la cortesía, ya que ser cortante o incluso desagradable puede empeorar seriamente la situación.
Lo curioso de todo ello fue que la conversación se centró en su gratuito reproche a nuestro uso del teléfono móvil, donde en parte refugiábamos nuestras miradas esperando que nos dejara tranquilos. Lejos de entender el mensaje nos retaba a desatarnos de ese esclavizador artilugio que llevamos siempre en el bolsillo o en la mano. Esta reflexión, más allá de la situación como se dio, enraizó en mis pensamientos.
¿Y si realmente no estaba usando el viaje para viajar de otra manera? ¿Quizás como él? ¿Algo más hippie y menos organizado? ¿No debería aprovechar el viaje para crear nuevos hábitos y deshacerme, por ejemplo, de la dependencia en el móvil?
Al día siguiente, ya serena, aquella persona se subió al mismo autobús que nosotros camino al Uruguay, él iba abstraído con la mirada fija en el teléfono que sostenía en su mano.
