
SUR Y COSTA DEL PERÚ
Desde la ciudad imperial y tras visitar una de las maravillas del mundo, me dirijo a la frontera sur del país. Lo que en un tiempo fue un único imperio, hoy queda fragmentado por las fronteras políticas como la que atraviesa el lago más grande del Perú y el más alto del mundo (3.812m), entre los navegables. El lago Titicaca, un 56% peruano y un 44% boliviano, llena el horizonte tras la pequeña ciudad de Puno.
Aquí la cultura Aimara y su lengua se imponen a la Quechua, recordando la proximidad con el país vecino. Desde ese enclave lacustre embarco para recorrer primero los Uros, islas flotantes hechas con juncos y después la isla (esta natural) de Taquile. En contraposición al parque temático de los Uros en Taquile pude tener una experiencia más local conociendo a la comunidad de hombres tejedores, sus tintes naturales, sus danzas, costumbres y gastronomía.
Desde la frontera Sur del país tocó remontar hacia el norte. Primero pasando por la blanca ciudad de Arequipa y de allí al cañón del Colca, donde se esconde entre montañas y glaciares agonizantes el Dios de los cielos sudamericanos. El cóndor, animal emblema de tantos países y sagrado en tantas culturas a lo largo y ancho de la cordillera se dejó ver en su planear matutino ascendiendo hacia los cielos.
Tras la experiencia vital, entre pequeños pueblos del interior tomé la ruta que me llevaría a Nasca. Allí, las líneas desenterradas a escobazos por una mujer tachada de loca (María Reiche) y creadas por pueblos olvidados en la memoria del desierto que las acoge, forman grifos y formas que apuntan al cielo.
Desde ese lugar tan mágico como único de la Tierra, tome la Panamericana caminando un tramo y en bus después, para retomar mi ruta por los pueblos y ciudades costeras del centro peruano. Sin más visita que la de una mirada de un viajero de paso, conocí la monótona y ruidosa vida de las calles de lugares como Ica, Pisco y Paracas.
Tras despedir al Sol en un maravilloso atardecer en el mar, enfilé hacia el norte de nuevo hasta llegar a la capital del país. Lima me acogió en brazos amigos y pude disfrutar de su vibrante vida urbana, su música y su excelente gastronomía.
